lunes, 30 de abril de 2012

LA SILLA - MANUEL VICENT


Estaba en la terraza de un bar leyendo el periódico a la hora del aperitivo un domingo de otoño y de pronto le sobrevino la muerte, pero no notó nada, porque en el más allá le siguió atendiendo el mismo camarero y las noticias del periódico eran exactamente las mismas. El músico búlgaro continuaba tocando el mismo vals con el acordeón a cambio de unas monedas, solo que el amigo que le acompañaba se había quedado en la Tierra y ahora su silla estaba vacía.

Comenzó a sospechar que algo raro le había sucedido a su vida cuando, al pedir con cierta ansiedad otra cerveza, el camarero le dijo: "calma, calma, señor, ¿a qué viene tanta prisa?, tenemos toda la eternidad por delante". Después se le acercó un tipo a ofrecerle un décimo de lotería cuyo número estaba formado sólo por cinco ceros, pero no le importó nada haber muerto si en el otro lado había también una terraza para tomar el aperitivo una mañana de domingo bajo los árboles dorados. Puesto que se encontraba en el más allá, aquella plazoleta tan agradable, cubierta de hojas amarillas, no podía ser más que el paraíso, a menos que se tratara de un espacio reservado donde debía esperar antes de ser juzgado.

En la terraza había parejas jóvenes con niños y un caballero con aspecto de general retirado observaba atentamente cómo en el alcorque de una acacia defecaba su perro. A fin de cuentas permanecer a la espera del Juicio Final tomando una cerveza con gambas tampoco era tan penoso. Por si acaso se presentaba un ángel con autoridad para llevarlo ante un tribunal, este hombre dejó de leer el periódico y comenzó a revisar su conciencia por ver si en ella encontraba algún rastro de culpa. Se llevó una sorpresa al comprobar que de su paso por la Tierra solo recordaba los siete colores del arco iris y la bicicleta Orbea que de niño le llevaba a la playa.

Le costaba imaginar que había muerto, ya que la luz de hojas amarillas de aquella terraza era la misma que iluminó los últimos instantes de su vida. En ese momento alguien se acercó a pedirle fuego y después de prender el cigarrillo, le preguntó: "¿se sabe ya a qué hora van a sonar las trompetas?". Cuando el mendigo búlgaro cesó de tocar el vals con el acordeón, le tendió un cazo de estaño pidiéndole limosna y el hombre le entregó una moneda acuñada en una fecha que coincidía con el día de su nacimiento. A su alrededor sucedían estos hechos curiosos, aunque, en realidad, la única prueba de que estaba muerto era que a su lado había una silla vacía, pero el hombre siguió tranquilamente bebiendo su cerveza."

sábado, 28 de abril de 2012

KURT VONNEGUT

Si de verdad quieres hacerles daño a tus padres y no tienes el valor de ser gay lo mínimo que puedes hacer es dedicarte a las artes. No bromeo. Las artes no son una vía para ganarse la vida. Son una manera muy humana de hacer de la vida algo más soportable. Ejercer un arte, no importa si bien o mal, hace que tu alma crezca, ¡por Dios! Canta en la ducha. Baila con la radio. Cuenta cuentos. Escríbele un poema a un amigo, aunque sea un poema horrible. Hazlo lo mejor que puedas. Obtendrás una enorme recompensa. Habrás creado algo.

Un hombre sin patria, 2005

If you want to really hurt your parents, and you don’t have the nerve to be gay, the least you can do is go into the arts. I’m not kidding. The arts are not a way to make a living. They are a very human way of making life more bearable. Practicing an art, no matter how well or badly, is a way to make your soul grow, for heaven’s sake. Sing in the shower. Dance to the radio. Tell stories. Write a poem to a friend, even a lousy poem. Do it as well as you possibly can. You will get an enormous reward. You will have created something.

A Man Without a Country, 2005