Me propuse escribir un blog en un momento de mi vida en el que no veía salida alguna salvo desaparecer.
Llevaba años sufriendo diversos tipos de maltrato y estaba absolutamente convencida de que no tenía nada que decir, que no servía para nada, que no merecía un lugar en el mundo. Tenía la certeza de que sólo era capaz de infringir daño a los demás.
Durante meses y deliberadamente, dejé de tomar la medicación antidepresiva, convencida de que así sería capaz de dar el paso. Planifiqué cuidadosamente mi suicidio y me pinté la cara con la máscara de la normalidad. Nadie en mi entorno se dio cuenta de lo que estaba pasando.
Dejé de comer, pasaba días sin probar bocado. Quería sentirme débil, lo necesitaba para dar sentido a mi plan. Me encerré en mi habitación. Lloré, lloré tanto que la mayoría de los días no podía ni abrir los ojos. Dejé de hablar. Me convertí en una sombra.
Y lo intenté y me pillaron.
Y comenzó otro calvario: el de asumir los errores propios, la propia soledad. El darme cuenta de que todo aquello que me ocurrió debe guardarse como un secreto, porque no será entendido, porque se me culpabilizará más allá de la responsabilidad propia.
En aquellos días, prometí no volver a hacerme daño, al menos, durante unos meses.
Me convencí a mi misma de que quizás pudiera apartar de mi mente los pensamientos suicidas escribiendo y así surgió 'De qué callada manera'. Intenté agarrarme a la vida escribiendo una entrada al día durante un año y hoy se cumple ese año.
Si miro hacia atrás, si hago balance, veo (con cierta claridad) el caos emocional en el que estaba inmersa. Lo cierto es que hoy no es mucho mejor, pero al menos empiezo a asumir que la soledad, la tristeza, la culpa o el miedo, forman parte de mi. Son mis fieles amantes.
Sé que no río como antes. Aunque en mi cara se dibuje una sonrisa no la siento en mis entrañas. Mis pasiones ya no son torbellinos incontrolables, no me producen esa felicidad que antaño vivía. No me emociono, no siento como fluye la adrenalina por mi cuerpo.
Sin embargo, algunas veces y sólo algunas, me siento en el salón de casa, miro a Tony, a Marc, paso la mano por una de mis piezas de arcilla, me siento satisfecha y pienso que eso debe ser crecer.
No sé que rumbo tomará el blog, ni siquiera cual será el de mi vida, como decía Escarlata O'Hara en 'Lo que el viento se llevó':
- Ya lo pensaré mañana.
Gracias a todos lo que leéis a diario las palabras de quien se volvió loca.
