Con palabras se construyen las fronteras en el mundo de la literatura, donde se desenvuelve la novela, alzada sobre el filo mismo de la realidad y la ficción porque participa de ambas. Oponer lo novelesco a lo real, ya se ha dicho, sólo alcanza a ser una interpretación, pues la novela despliega la inapelable verdad de su autor, que la ha vivido al crearla, para que se haga verdad también en los lectores. Por eso los grandes personajes de ficción resultan más reales e influyen más en nosotros que muchos seres de carne y hueso.
Fronteras, en fin, de todas clases: geográficas, históricas, biológicas, sociales, psicológicas... Todas partiendo y acuchillando el continuo multidimensional que nos envuelve, para facilitarnos nuestra instalación en él, para permitirnos una interpretación de lo que sería un caos; es decir, un orden que no comprendemos. Todas permitiendo diferenciar, pero sin que puedan confundirse con los límites.
No, no confundamos fronteras y límites, de los que luego hablaré, aun cuando haya quienes lo entiendan así. Nunca caí en esa confusión, ni siquiera cuando la vida me llevó, en mi recién estrenada profesión, a una aduana marítima. A primera vista parece no haber frontera más evidente sobre el planeta, pues en las aguas el hombre perece, sin aire para su vida. Finis terrae se ha llamado más de una vez a esa frontera, como si fuera un límite. Pero a mí, frente al océano, los ojos y el pensamiento se iban a la lejanía, sobrepasando la orilla. El mar es como la dulce llama de la chimenea: nos lleva a un más allá, nos sorbe la imaginación, se disfraza de figuras y sugerencias. Como en nuestra divisa columnaria, un Plus Ultra planeaba sobre mis contemplaciones y así como la brisa marina penetraba en la tierra adentro, así también mi ánimo trascendía la bien recortada línea de la orilla, frontera pero no límite. El mar no era confín ni barrera sino la más ancha de las aperturas a la libertad.
Vengo diciendo, en otras palabras, que mi dios siempre ha sido Jano, el de un rostro a cada lado, el dios de las puertas y las arcadas, invocado en la antigua Roma antes que ningún otro numen, como supremo iniciador. Mis fronteras son todas trascendibles, como lo es la membrana de la célula, sin cuya permeabilidad no sería posible la vida, que es dar y recibir, intercambio, cruce de barreras. Y más aún que trascendible la frontera es provocadora, alzándose como un reto, amorosa invitación a ser franqueada, a ser poseída, a entregarse para darnos con su vencimiento nuestra superación: ese es el encanto profundo del vivir fronterizo. Encanto compuesto de ambivalencia, de ambigüedad —no son lo mismo—, de interpenetración, de vivir a la vez aquí y allá sin borrar diferencias. Más aná nos tienta lo otro, lo que no tenemos: nos lo canta y nos lo promete la frontera.
Los del centro, en cambio, viven la frontera de opuesto modo. Esa aventura les repele o les inquieta y se retranquean de la frontera adentro como el mar en el reflujo. Se repliegan al centro del espacio acotado, se instalan en el negro o en el blanco, temerosos de los grises infinitos y delicados. Encastillados en su centro, consolidan las fronteras como límite de sus dominios, alzando murallas y cerrando puertas. Si alguna vez las traspasan es abatiéndolas, para llevarlas más allá y reducir implacablemente «lo otro» a «lo mío». Destruyendo para conservar. Endovertidos, centrípetos, fortificados dentro de su país, de su casa, de su piel, de sus ideas; negando y rechazando cualquier otra bandera, otra lengua, otra interpretación de lo real; oyendo en las victorias cantadas por otro himno nacional solamente aquellas que fueron sus derrotas. Su divinidad no es Jano, sino la Némesis reacia al amor, aunque Zeus mismo la solicitase y aunque acabase engendrando de él a la Elena causante de la guerra de Troya; esa diosa que algunos confunden con otra Némesis abstracta, encargada de castigar a los transgresores del orden profundo. Para ellos la frontera no es invitación sino amenaza; lo ultramuros es siempre enemigo. Y como no intentan siquiera comprender «lo otro», esa cerrazón les infunde a ellos mismos condición de enemigos. Su vivir está anclado en el centro, donde erigen palacios, templos, normas, dogmas. Frente a la aventura del movimiento y la libertad se aferran a la seguridad de la fijeza y lo establecido.
viernes, 10 de septiembre de 2010
DESDE LA FRONTERA / D. JOSÉ LUIS SAMPEDRO SÁEZ (V)
jueves, 9 de septiembre de 2010
DESDE LA FRONTERA / D. JOSÉ LUIS SAMPEDRO SÁEZ (IV)
A mi juicio, una civilización puede entenderse como una complejísima estructura de fronteras, determinantes de actores y relaciones en el sistema social. Y no sólo fronteras en el espacio, como se ha mostrado, sino también en el tiempo. Cada acto y cada suceso se aparta con una irreversible frontera de las alternativas simultáneamente rechazadas o eliminadas, así como también de los actos anteriores y de los posteriores. Todo período de transición es una frontera temporal entre dos épocas históricas.
La interpretación fronteriza del mundo es tan lícita como cualquier otra, y resulta acertada o no según el problema que abordemos. La realidad tiene infinitas dimensiones y por eso no cabe describirla, aunque nos hagamos cada día la ilusión de lograrlo. Sólo podemos interpretarla. Dime cómo miras y te diré quién eres en ese momento, porque la retícula conceptual usada al mirar —es decir, nuestra manera de proyectarnos hacia el exterior— es tan reveladora de nuestra personalidad como el disfraz adoptado para el baile de máscaras que, por el mero hecho de haberlo elegido, descubre nuestras secretas fantasías mejor que la apariencia habitual.
Nuestra relación con el mundo está condicionada por esa incapacidad nuestra para abarcar todas las dimensiones, determinando las cualidades de cada interpretación de la realidad. Por eso mismo, otra de las definiciones de Dios podría ser el Ente que abarca simultáneamente todas esas dimensiones. Sin pretender conocimientos filosóficos que no poseo, me parece evidente que cualquier percepción está filtrada ante todo por las limitaciones de nuestros sentidos —aun con los mayores auxilios de la técnica— y, además, por nuestros conceptos, prejuicios o deseos. Nos atenemos, conscientemente o no, a una o a muy pocas dimensiones de lo real. Con eso nos situamos en un plano fronterizamente separado de todos los posibles, que otros observadores podrían preferir para interpretar esa misma realidad.
La realidad, además de multidimensional, es un continuo y eso refuerza la imposibilidad de describirla: Natura non fecit saltus, como advirtió la sabiduría clásica. Las fronteras, incluso las más obvias, las introducimos nosotros, indispensablemente, con el fin de conocer, clasificando e identificando lo percibido. Así como el economista interpreta la sociedad en términos de dinero y costes, o el patólogo en función de enfermedades, cabe pensar nuestro escenario como articulación de fronteras en los más distintos planos. No es que yo pretenda ofrecer ahora una visión fronterológica del mundo, como aquella «cocotológica» de Unamuno con sus pajaritos de papel, sino sencillamente presentarme como soy mediante la interpretación de mi circunstancia, mostrando la forma en que la vivo. Pues en eso fundo la dignidad del hombre: en dar sentido humano a cuanto le sobreviene. En sí mismos los acontecimientos que nos caen encima —gozos o desventuras— son ajenos a lo humano. Los humanizamos nosotros en la actitud al recibirlos; en nuestra manera de aceptar las cosas las creamos o vestimos de humanidad.
Mi mundo está como fronterado, que diría quizás un maestro de armas, con los muros, las banderas, la piel, las palabras. Las palabras, cierto: cada una puede ser frontera: el «aquí» se aparta del «allá»; el «gato» es la divisoria frente a todo lo «no-gato». Pero sería desmedida tentación la de extenderme acerca de la palabra ante vosotros, que tanto más sabéis de ella. Sólo la reverenciaré de pasada como proeza suprema del hombre —único animal que habla— y recordarla dotada, como todas las fronteras, de precisión clarificadora y, a la vez, de ambigüedad; pues en el continuo de la realidad todo tajo conceptual es artificioso y no es tan clara la diferencia entre el «gato» y el «no-gato». «Voces hay tan dudosas y ambiguas» —escribía el Padre Sigüenza encomiando al San Jerónimo traductor— «que hacen disentir unos de otros», y así es como cada texto tiene varias lecturas y su valoración cambia con el tiempo.
miércoles, 8 de septiembre de 2010
DESDE LA FRONTERA / D. JOSÉ LUIS SAMPEDRO SÁEZ (III)
Algunos muchachos teníamos el privilegio de poder penetrar bajo las frondas de los árboles centenarios y de quedarnos a solas frente a los dioses, viendo cruzar el sendero a un faisán macho con el arco iris de su larga cola, sintiendo la presencia de invisibles sombras y escuchando inaudibles voces que aún me siguen acompañando. La última de mis viviendas en Aranjuez tenía ventanas al Jardín del Príncipe, del que sólo me separaba la arbolada calle de la Reina, y de noche, en el verano, me gustaba acercarme a la alta verja y permanecer largo rato con la cara entre dos barrotes que mis manos aferraban. El mundo mítico se me mostraba entonces más verdadero que nunca, con sus fragancias, rumores, voces de aves, crujidos de hojas caídas como rumor de pasos furtivos y ecos de misteriosas profundidades, A veces la claridad lunar encendía aquel mundo del tal manera, haciéndolo a la vez cristalino y fantasmal, que cuando regresaba a mi casa me llevaba a mis sueños un tesoro de fantasías. Fue en mis últimos tiempos de Aranjuez cuando ya empecé a imaginarme escritor, sin duda al impulso de tales vivencias y, para acabar expresando lo que aquella doble frontera significó para mí, me limitaré a decir que ya hacia 1950 empecé a situar en el Real Sitio una novela, aunque sólo hace un año he podido decidirme, venciendo mi respeto por aquel lugar mágico, a trabajar definitivamente en ella. Entonces ignoraba que me estaba empezando a poseer ya la adicción a lo fronterizo. Lo barrunté poco después, cuando mi primer destino en una aduana me convirtió en habitante de una frontera. Y poco más tarde, ¡qué horrenda frontera, en el tiempo y el espacio, en las ideas y en la conducta, fue la mal llamada guerra civil! Salimos de ella con el país erizado de muros con cristales rotos en lo alto. Desde entonces he detectado fronteras por todas partes, aunque muchas no reciban ese nombre.
Es fácil comprobarlo sin salir de aquí. Los muros de esta sala, ¿qué son sino fronteras separándonos de la calle y de la ciudad? Dentro, también este estrado presenta su frontera en la barandilla y la escalerilla de acceso. Sigamos: cada uno de nosotros se envuelve en torno a su persona, aun sin proponérselo, en un ámbito propio, y aunque la divisoria no sea tangible, todos resentimos como agresión ciertas voces o ruidos, ciertos acercamientos o gestos no solicitados. Más hacia nuestro centro tenemos, constituyéndonos rigurosamente, la decisiva frontera de nuestra piel, envolviéndonos el cuerpo con sus varias funciones, receptoras y defensivas a la vez. Más adentro aún están las innumerables fronteras de nuestra anatomía, las delimitaciones entre órganos y circuitos, hasta llegar a la pequeñez de cada célula interdependiente, con su membrana tan separadora como permeable a un tiempo. Finalmente, allá donde el análisis no encuentra materia, en eso que llamamos el espíritu o la psiquis con su base cerebral para su inlocalizable riqueza, se alzan las innumerables fronteras inculcadas o adquiridas, las prohibiciones conscientes o inconscientes, las barreras o los estímulos al comportamiento. Y volviendo a nuestro exterior, considerándonos como grupo humano reunido en este ámbito, ¡cuántas fronteras cruzándose y entrecruzándose para diferenciarnos por la edad, el sexo, las actividades, los gustos y tantas otras cualificaciones!
Si hubiésemos procedido hacia fuera de estos muros hubiéramos hallado otras fronteras: en las divisorias materiales, en las leyes que prohiben o permiten, en los recintos, en los hábitos. Fronteras por todas partes, delatadas por banderas, colores en el mapa, idiomas y otros signos innumerables.
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