viernes, 20 de agosto de 2010

BARTLEBY (I) - Herman Melville

Soy un hombre de cierta edad. En los últimos treinta años, mis actividades me han puesto en íntimo contacto con un gremio interesante y hasta singular, del cual, entiendo, nada se ha escrito hasta ahora: el de los amanuenses o copistas judiciales. He conocido a muchos, profesional y particularmente, y podría referir diversas historias que harían sonreír a los señores benévolos y llorar a las almas sentimentales. Pero a las biografías de todos los amanuenses prefiero algunos episodios de la vida de Bartleby, que era uno de ellos, el más extraño que yo he visto o de quien tenga noticia. De otros copistas yo podría escribir biografías completas; nada semejante puede hacerse con Bartleby. No hay material suficiente para una plena y satisfactoria biografía de este hombre. Es una pérdida irreparable para la literatura. Bartleby era uno de esos seres de quienes nada es indagable, salvo en las fuentes originales: en este caso, exiguas. De Bartleby no sé otra cosa que la que vieron mis asombrados ojos, salvo un nebuloso rumor que figurará en el epílogo.

Antes de presentar al amanuense, tal como lo vi por primera vez, conviene que registre algunos datos míos, de mis empleados, de mis asuntos, de mi oficina y de mi ambiente general. Esa descripción es indispensable para una inteligencia adecuada del protagonista de mi relato. Soy, en primer lugar, un hombre que desde la juventud ha sentido profundamente que la vida más fácil es la mejor. Por eso, aunque pertenezco a una profesión proverbialmente enérgica y a veces nerviosa hasta la turbulencia, jamás he tolerado que esas inquietudes conturben mi paz. Soy uno de esos abogados sin ambición que nunca se dirigen a un jurado o solicitan de algún modo el aplauso público. En la serena tranquilidad de un cómodo retiro realizo cómodos asuntos entre las hipotecas de personas adineradas, títulos de renta y acciones. Cuantos me conocen, considéranme un hombre eminentemente seguro. El finado Juan Jacobo Astor, personaje muy poco dado a poéticos entusiasmos, no titubeaba en declarar que mi primera virtud era la prudencia: la segunda, el método.

No lo digo por vanidad, pero registro el hecho de que mis servicios profesionales no eran desdeñados por el finado Juan Jacobo Astor; nombre que, reconozco, me gusta repetir porque tiene un sonido orbicular y tintinea como el oro acuñado. Espontáneamente agregaré que yo no era insensible a la buena opinión del finado Juan Jacobo Astor.

Poco antes de la historia que narraré, mis actividades habían aumentado en forma considerable. Había sido nombrado para el cargo, ahora suprimido en el Estado de Nueva York, de agregado a la Suprema Corte. No era un empleo difícil, pero sí muy agradablemente remunerativo. Raras veces me encojo; raras veces me permito una indignación peligrosa ante las injusticias y los abusos; pero ahora me permitiré ser temerario, y declarar que considero la súbita y violenta supresión del cargo de agregado, por la Nueva Constitución, como un acto prematuro, pues yo tenía por descontado hacer de sus gajes una renta vitalicia, y sólo percibí los de algunos años. Pero esto es al margen.

Mis oficinas ocupaban un piso alto en el n.º X de Wall Street. Por un lado daban a la pared blanqueada de un espacioso tubo de aire, cubierto por una claraboya y que abarcaba todos los pisos.

Este espectáculo era más bien manso, pues le faltaba lo que los paisajistas llaman animación. Aunque así fuera, la vista del otro lado ofrecía, por lo menos, un contraste. En esa dirección, las ventanas dominaban sin el menor obstáculo una alta pared de ladrillo, ennegrecida por los años y por la sombra; las ocultas bellezas de esta pared no exigían un telescopio, pues estaban a pocas varas de mis ventanas para beneficio de espectadores miopes. Mis oficinas ocupaban el segundo piso; a causa de la gran elevación de los edificios vecinos, el espacio entre esta pared y la mía se parecía no poco a un enorme tanque cuadrado.

jueves, 19 de agosto de 2010

EL AMOR ES CIEGO (y V) - Boris Vian (1949)

3
Al cabo de un tiempo, la radio anuncio que los sabios estaban constatando una regresión regular del fenómeno, y que el espesor de la niebla aminoraba de día en día.
Como la amenaza era de consideración, se celebro gran consejo. Muy pronto se encontró una alternativa, pues el genio del hombre nunca deja de sorprender con sus mil facetas. Y cuando la niebla se disipo, según indicaron los aparatos detectores especiales, la vida siguió felizmente su curso pues todos se habían hecho saltar los ojos.

miércoles, 18 de agosto de 2010

EL AMOR ES CIEGO (IV) - Boris Vian (1949)

A continuación le vino a la cabeza la repostería cercana al puente. La dependienta tenía diecisiete años, la boquita de piñón y un coqueto delantalillo estampado...Quizá en aquel momento no llevase más que el delantalillo.

Sin pensarlo dos veces, partió a grandes zancadas hacia dicho establecimiento. En tres ocasiones al menos tropezó con amasijos de cuerpos entrelazados de los que ni siquiera le intereso detenerse a descubrir las respectivas composiciones. Pero, en uno de los casos, el conglomerado, como mínimo se componía de cinco palmitos.

¡Roma!- se limito a farfullar-. Quo vadis? ¡Fabiola! Et cum spiritu tou! ¡Las orgías! ¡Oh!

Había cosechado de su contacto con la luna del escaparate un chichón de los mejores puestos y se frotaba la cabeza. Lo que no le impedía precipitar la marcha, pues determinada presencia que participaba de su persona, pero que le precedía a mucha distancia, le incitaba a llegar a la meta lo antes posible.

Cuando creyó que ya se acercaba al objetivo, opto por caminar junto a las fachadas de las casas para guiarse por el tacto. Por el redondo disco de contrachapado sujeto con pernos, pudo reconocer el establecimiento del anticuario. Dos números más allá, la repostería.

De repente topo con todo el cuerpo con otro que, inmóvil, le daba la espalda. Sin que pudiera evitarlo, se le escapo un grito.

¡No empuje!- le respondió una voz profunda-. Y apresúrese a separar esa cosa de mis posaderas, si no quiere que le parta ahora mismo la cara.
Esto....yo... ¿No pensara que...?- dijo Orvert
Y giro a la izquierda para salvar el obstáculo.
Segundo choque.
¿Que le pasa a este?- se intereso una segunda voz de hombre.
¡A la cola, como todo el mundo!
Siguió un estallido de carcajadas.
¿Como?- acertó a decir Orvert.
Esta claro- explico una tercera voz-. Seguro que viene en busca de Nelly.
Así es- balbuceo Orvert
Está bien, pues póngase a la cola- prosiguió el hombre-. Somos unos sesenta ya.
Orvert no respondió. Sentía el corazón desgarrado.
Volvió a ponerse en camino sin esperar a averiguar si ella llevaba o no su delantalillo estampado.
Tomo por la primera a la izquierda. Una mujer venia, precisamente, en sentido contrario.
Tras el choque quedaron, cada uno por su lado, sentados en el suelo.
Perdón- dijo Orvert
La culpa es mía- respondió la mujer-. Usted circulaba por su derecha.
¿Puedo ayudarla a levantarse?- se ofreció Orvert-. Esta usted sola ¿no es así?
¿Y usted?- pregunto ella a su vez-. ¿No estarán a punto de echárseme encima cinco o seis de una vez?
¿Seguro que es usted una mujer?- continúo Orvert.
Compruébelo usted mismo- le contesto ella.

Se habían aproximado el uno al otro, y el hombre pudo sentir contra su mejilla el contacto de unos cabellos largos y sedosos. Ahora estaban de rodillas y de frente.
¿Donde encontrar un lugar tranquilo?- pregunto Orvert.
En el centro de la calzada- dijo la mujer.
Lugar hacia el que se dirigieron, tomando como referencia el bordillo de la acera.
La deseo- dijo Orvert.
Y yo a usted- dijo la mujer-. Mi nombre es...
Orvert la cortó.
Me da lo mismo- dijo-. No quiero saber nada más que lo que mis manos y mi cuerpo me revelen.
Proceda- le animo la mujer.
Naturalmente- constato Latuile- va usted sin ropa alguna.
Igual que usted- respondió ella.
Dicho lo cual, se estrecharon el uno contra el otro.
No tenemos ninguna prisa- prosiguió la mujer- Comience por los pies y vaya subiendo.
A Orvert le extraño la proposición. Se lo dijo.

De tal manera, podrá ser consciente de todo- exclamo la mujer-. No tenemos a nuestra disposición, como usted mismo acaba de constatar, más que el instrumento de investigación que significa nuestra piel. No olvide que su mirada no puede atemorizarme. Su autonomía erótica se ha ido al traste. Seamos francos y directos.

Habla usted muy bien- dijo Orvert.
Leo siempre Les Temps Modernes- informo la mujer-. Venga, comience de una vez con mi iniciación sexual.
Cosa que Latuile no se privo de hacer reiteradas veces y de diversas maneras. Ella mostraba indudables condiciones, y el terreno de lo posible es muy amplio cuando no hay temor a que la luz se encienda. Y además, eso ya no se usa, después de todo. Las enseñanzas que le impartió Orvert a propósito de dos o tres truquitos nada desdeñables, y la practica de un empalme simétrico varias veces repetido, acabaron infundiendo confianza en sus relaciones.
Y allí llevaron, de tal modo, la vida sencilla y regalada que hace a los humanos semejantes al dios Pan.